ordijato

2008/4/8

Hello, friends

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@ 06:11 AM (5 months, 1 day ago)

De Oca o Oca, y tiro porque me toca.

Por tanto el sombrero rojo permite conocer el sentir de la gente (emociones u opiniones) sin necesidad de que lo expliquen: Legitima las emociones y los sentimientos como una parte necesaria del pensamiento. No se le puede criticar a la persona por expresar su sentir. Un aspecto general: cuando nos ponemos un sombrero asumimos un rol, una actitud, y luego cuando nos lo quitamos, desaparece este rol o actitud. Para el caso del sombrero rojo significa que no nos vamos ha dejar envolver inconscientemente por las emociones, pues así como nos ponemos el sombrero rojo de la emoción, también nos lo podemos quitar concluyendo voluntariamente en ese momento la actitud hacia la emoción. Por tanto, en vez de propiciar, es un importante limitador de las emociones: permite que entremos y salgamos de las emociones dominándolas. La espiritualización de la sensualidad se llama amor; éste es un gran triunfo sobre el cristianismo. Otro triunfo es nuestra espiritualización de la enemistad, la cual consiste en que se comprende el valor de tener enemigos; en una palabra, en que se procede y concluye al revés de como se procedió y concluyó antes. La Iglesia se ha propuesto en todos los tiempos la aniquilación de sus enemigos; nosotros, los inmoralistas y anticristianos, consideramos ventajoso que subsista la Iglesia... También en el orden político se ha espiritualizado la enemistad; es ella ahora mucho más cuerda, reflexiva, considerada. Casi todas las facciones suponen que el debilitamiento del respectivo bando adversario sería contrario a sus propios intereses. Ocurre lo mismo con la gran política. Sobre todo, una nueva creación, por ejemplo, el nuevo Reich, tiene más necesidad de enemigos que de amigos; sólo en el contraste se siente necesaria, llega a ser necesaria... Adoptamos idéntica actitud ante el “enemigo interno”; también en este terreno hemos espiritualizado la enemistad, comprendido su valor. Sólo se es fecundo si se logra ser pródigo en contrastes; sólo se conserva la juventud si el alma no se relaja y pide la paz... Nada nos resulta tan distante como esa aspiración de antaño, la “paz del alma”, la aspiración cristiana. Nada nos es tan indiferente como la moral apacible y rumiante y la felicidad vacuna de la conciencia tranquila. Renunciando a la guerra, se renuncia a la vida grande... En muchos casos, por cierto, la “paz del alma” es simplemente un malentendido; otra cosa que no sabe designarse con un nombre más sincero. Veamos sin ambajes ni prejuicios algunos casos. La “paz del alma” puede ser, por ejemplo, la suave irradiación de una animalidad prodigiosa en la esfera moral (o religiosa). O el comienzo del cansancio, la primera sombra que proyecta el atardecer, de cualquier índole que sea. O un indicio de que el aire está saturado de humedad y vienen vientos del Sur. O la gratitud inconsciente por una digestión feliz (llamada a veces “amor a los hombres”). O el aquietamiento del convaleciente para el cual todas las cosas tienen un sabor nuevo y que espera... O el estado consecutivo a una satisfacción intensa de la pasión dominante, el bienestar que fluye de una saciedad extraña. O la decrepitud de nuestra voluntad, de nuestras apetencias, de nuestros vicios. O la pereza, persuadida por la vanidad a vestirse con las galas morales. O el advenimiento de una certidumbre, aun de una pavorosa, tras larga tensión y tortura provocadas por la incertidumbre. O la expresión de madurez y maestría en plena actividad, obra, creación, volición; la respiración serena; el “libre albedrío” alcanzado... ¿Sería también el ocaso de los ídolos una modalidad tan sólo de la “paz del alma”?... Otro valor de los sombreros es que proporciona roles (actitudes) de pensamiento. Un pensador puede enorgullecerse de representar cada uno de esos roles. Sin la formalidad de los sombreros algunos pensadores se estancarían en un modo único (generalmente el negro o rojo). Si nos sentimos tan inteligentes que creemos poder prescindir de este sistema, podríamos tener en cuenta que dicho sistema haría que esa inteligencia de la que tanto nos jactamos, sea más eficaz aún. Una persona con talento natural para correr se beneficia más que otros si a ese talento aplica disciplina. Los sombreros dan una metodología para pensar, que permite que la acción de pensar sea más efectiva. No es un tema de motivación, pues la mayoría de temas versa sobre este concepto como aspecto fundamental para pasar del pensamiento a la acción. Como vemos la motivación es necesaria pero no suficiente, hace falta también mejorar la calidad del pensamiento para que la motivación, que es muy necesaria, actúe sobre terreno seguro (buenas ideas) y crezca, por el éxito de los resultados. He hablado del espíritu alemán, señalando que se vulgariza y se vuelve superficial. ¿Es esto bastante? En el fondo, lo que me aterra es otra cosa: el hecho de que declina cada vez más la seriedad alemana, la profundidad alemana, la pasión alemana por las cosas del espíritu. No solamente la intelectualidad ha cambiado, sino también el pathos. Tengo de tanto en tanto contacto con Universidades alemanas; ¡hay que ver la atmósfera, la espiritualidad pobre y sosa, tibia y contentadiza, en, que se desenvuelven allí los eruditos! Sería un grave malentendido alegar como argumento en contra la ciencia alemana, y también una prueba de que no se ha leído una sola palabra de mis escritos. Desde hace diecisiete años no me canso de denunciar la influencia desespiritualizadora de nuestro medio científico actual. La dura labor a que el volumen tremendo de las ciencias condena hoy a todos los individuos es una de las causas principales de que para los espíritus plenos, pletóricos y profundas ya no existan una educación y educadores que les sean adecuados. Nuestra cultura de nada se resiente tanto como del exceso de especialistas arrogantes y humanidades fragmentarias; nuestras Universidades son, sin proponérselo, los invernáculos propiamente dicho de esta especie de atrofia de los instintos del espíritu. Y Europa toda ya se va dando cuenta de ello; la gran política no engaña a nadie. Se generaliza cada vez más la noción de que Alemania es el llano de Europa. No he encontrado aún a un alemán con el que pueda ser serio a mi manera; ¡y menos, por supuesto, a uno con el que yo pueda ser alegre! Ocaso de los ídolos: ¡ah, quién sería capaz, hoy día, de comprender de qué seriedad se reviste aquí un filósofo! La alegría serena es lo que menos se comprende entre nosotros... Pensándolo bien, no sólo es evidente la decadencia de la cultura alemana, sino que no falta tampoco la causa que la explica de una manera convincente. En definitiva, uno no puede gastar más de lo que posee ocurre en esto con los pueblos lo mismo que con los individuos. Si se gasta todo para el poder, la gran política, la economía, el tráfico mundial, el parlamentarismo y los intereses militares; si se gasta en esta partida la cantidad de razón, seriedad, voluntad y dominio de sí mismo que existe, hay un déficit en la contrapartida. La cultura y el Estado-de nada vale cerrar los ojos ante el hecho-son antagonistas; el “Estado cultural” no es más que una idea moderna. La cultura vive del Estado, prospera a expensas del Estado, y viceversa. Todas las grandes épocas de la cultura son épocas de decadencia política; siempre lo que es grande en el sentido de la cultura ha sido apolítico, y aun antipolítico... El corazón de Goethe se abrió al fenómeno Napoleón, pero se cerró a las “guerras de liberación”... En el mismo instante en que Alemania llega a ser una potencia mundial, Francia cobra como potencia cultural renovada importancia. Ya mucha inteligencia, mucha pasión nueva del espíritu ha emigrado a París; la cuestión del pesimismo, por ejemplo, la cuestión wagneriana, casi todas las cuestiones sicológicas y artísticas, se consideran allí de una manera mucho más sutil y penetrante que en Alemania; los alemanes ni siquiera están capacitadas para esta clase de seriedad. En la historia de la cultura europea, el advenimiento del “Reich” significa más que nada un desplazamiento del centra de gravedad. En todas partes se sabe ya que en lo esencial-y la cultura sigue siendo lo esencial-ya no cuentan los alemanes. Se nos pregunta: ¿hay entre vosotros siquiera un solo espíritu que cuente en Europa, como contaron vuestro Goethe, vuestro Hegel, vuestro Heinrich Heine y vuestro Schopenhauer? El extranjero se queda estupefacto ante el hecho de que ya no hay un solo filósofo alemán. Desgraciadamente mi hermana se ha convertido en una amiga mortal de L[ou]; su indignación moral ha durado todo el tiempo. Ahora pretende saber lo que significa mi filosofía. Ha escrito a mi madre que había visto mi filosofía entrar en la vida de Tautemburg y que está asustada, yo amo el mal, pero ella ama el bien. Si fuera católica entraría en un convento “para expiar el daño que se producirá”. Resumiendo, tengo a “la virtud” de Naumburg en contra: se ha producido una verdadera ruptura entre nosotros; y mi madre fué tan lejos al pronunciar cierta palabra que hice mi maleta y a la mañana siguiente, temprano, marché a Leipzig. Mi hermana (que no quería venir a Naumburg en tanto yo estuviera allí y que aún está en Tautenburg) hizo un comentario irónico sobre las cosas: “así empezó la caída de Zaratustra”. De hecho es el inicio del comienzo. Esta carta es para ti y para tu querida esposa, no me tomen por un misántropo. De todo corazón. En lo que concierne al amigo R[ée], me paso lo mismo siempre [desde Génova], no puedo asistir al lento hundimiento de una naturaleza extraordinaria sin ponerme furioso ¡Esta falta de objetivos! ¡Y por ello mismo este poco deseo por los medios, por el trabajo, esta carencia de aplicación e incluso de exactitud cient[ífica] ¡Ese incesante despilfarro! ¡Si al menos fuera un derroche por el placer de derrochar! Pero tiene todo el aspecto de la mala conciencia. Veo por todas partes los defectos de la educación, un hombre debe ser educado para ser soldado, en cualquier sentido. Y la mujer debe ser educada para ser la mujer del soldado, en cualquier sentido. No se inquieten demasiado por los arrebatos de mis delirios de grandeza o de mi vanidad herida: y si por casualidad yo mismo alguna vez hubiera de quitarme la vida por dichos afectos, tampoco entonces habría demasiado por lo que llorar. ¡Que les importa a ustedes, quiero decir a usted y a Lou, mis fantasías! Consideren muy mucho entre ustedes que al fin y al cabo soy ya un medio-inquilino de un manicomio, enfermo de la cabeza, a quien la soledad ha desconcertado completamente. Por esto he llegado a la comprensible razón de mi situación, después de haber tomado por desesperación una increíble dosis de opio: en vez de haber perdido la razón parece que finalmente me viene. Por lo demás he estado enfermo durante semanas: y si les digo que durante 20 días el tiempo aquí ha sido como en Orta, mi estado les parecerá más comprensible. Pido a Lou que me perdone todo -prometo- sólo intentar hacer lo mismo: quizá tenga la ocasión de perdonarle también algo a ella. Considere Usted que yo provengo de circulos donde toda mi evolución se considera recriminable y se la recrimina; fue sólo una consecuencia de que mi madre, el año pasado, me llamara “afrenta para la familia” y “una vergüenza para la tumba de mi padre”. Mi hermana... me ha declarado su franca enemistad hasta que emprenda el camino de vuelta y me esfuerce “en llegar a ser una persona buena y auténtica”. Ambas me consideran un “egoista, frío y duro de corazón”; también Lou antes de conocerme más cerca tenía de mí la opinión de que era un carácter vulgar del todo y bajo, “siempre dispusto a aprovecharme de los otros para mis fines”; Cosima ha hablado de mí como de un espía que se introduce en la intimidad de otros y que, cuando la tiene, hace de ella lo que quiere; Wagner es rico en malas ocurrencias; pero ¿qué dice Usted del hecho de que intercambiara cartas (incluso con mis medicos) para manifestar su convicción de que mi cambio de modo de pensar se debía a vicios perversos, suguiriendo la pederastia? Finalmente: sólo ahora, tras la publicación del Zaratustra, llegará lo peor, dado que con mi “libro santo” he desafiado a todas las religiones. Me acabo de mirar al espejo; nunca había visto semejante aspecto. Un buen humor ejemplar, bien alimentado y diez años más joven de lo permitido.. En mi trattoria consigo sin duda los mejores bocados que hay: siempre se me indica lo que en ese momento está especialmente logrado... Aquí el sol sale un día tras otro con la misma implacable plenitud y claridad; la espléndida esbeltez del árbol en candente amarillo, el cielo y el gran río de un tierno azul, el aire de la mayor pureza: un Claude Lorrain como había soñado verlo... En todos los aspectos encuentro esto digno de vivirse... Mi habitación, emplazamiento de primera en el centro, sol desde tempranas horas hasta la tarde, vistas al pallazzo Carignano, a la piazza Carlo Alberto y, más allá a las verdes montañas: 25 francos al mes con servicio, incluida la limpieza de botas. En la trattoria pago por cada comida 1 franco con 15 y añado, cosa que sin duda se toma como excepción otros 10 céntimos. A cambio obtengo una porción muy grande de minestra, bien sea seca, o bien en bouillon... Entonces escribí a las cortes europeas, en una arrogancia heroico-aristofánica, una proclama para aniquilar a la casa Hohenzollern, esta raza de criminales e idiotas escarlata desde hace más de cien años; para ello dispuse del trono de Francia, incluida Alsacia, declarando emperador a Víctor Buonaparte, el hermano de nuestra Laetitia, y nombrando embajador de mi corte a mi distinguido Ms. Bourdeau A la princesa Ariadna, mi amada. Es un prejuicio que yo sea un ser humano. Pero ya he vivido entre los hombre y conozco todo lo que los hombre pueden experimentar, desde lo más mínimo hasta lo más alto. Yo he sido entre los indios Buda, en Grecia Dionisos, Alejandro y Cesar son mis encarnaciones, igual que el poeta de Shakespeare, Lord Bacon. Por último fui además Voltaire y Napoleón, quizás también Richard Wagner... Pero esta vez vengo como el triunfante Dionisos, que hará de la Tierra un día festivo... No es que tenga mucho tiempo... Los cielos se alegran de que yo este aquí... También he estado colgado en la cruz...”

Estar uno para hacerle un favor.

Y lo que decimos del capitalista individual es aplicable a toda la clase capitalista. BCN Girls Sin embargo, la permanencia del capital–dinero en su estado de dinero aparece en ambos casos como el resultado de un movimiento interrumpido, ya sea con arreglo a su fin o en contra de él, voluntaria o involuntariamente, conforme a su función o en contra de ella. Chicas BCN Say no toma la cosa muy a pecho, en realidad. Lo que es para uno adelanto de capital es para el otro renta y producto neto, o lo era; la diferencia entre producto bruto y neto es puramente subjetiva, y “así, el valor global de todos los productos se distribuyen en la sociedad como renta” (Say, Traité d’Economie politique, 1817, II, p. 64). “El valor total de cada producto está formado por las ganancias de los terratenientes, de los capitalistas y de los industriosos” (el salario figura aquí comme profits des industrieux!) (26) “que han contribuido a su elaboración. Esto hace que la renta de la sociedad sea igual al valor bruto producido y no, como opinaba la secta de los economistas” (los fisiócratas), “igual al producto neto de la tierra”. www.girlsbcn.com Pero ya se me habrá comprendido: –– ¿no es cierto que, to­madas las cosas en conjunto, hay bastante razón para que nosotros los psicólogos no podamos liberarnos hoy en día de una cierta desconfianza respecto a nosotros mismos?... Probablemente también nosotros somos todavía «demasia­do buenos» para nuestro oficio, probablemente también nosotros somos todavía las víctimas, el botín, los enfermos de ese moralizado gusto de la época, aunque nos considera­mos también como despreciadores del mismo –– ; probable­mente también a nosotros nos infecta todavía ese gusto. ¿Contra qué ponía en guardia aquel diplomático cuando hablaba a sus congéneres? «¡Sobre todo, señores, desconfie­mos de nuestros primeros movimientos!, decía, son buenos casi siempre...» También todo psicólogo debería hoy hablar así a sus congéneres... Y con esto volvemos a nuestro proble­ma, el cual, en efecto, exige de nosotros cierto rigor, cierta desconfianza, en especial contra los «primeros movimien­tos». El ideal ascético al servicio de un propósito de desenfre­no del sentimiento: –– quien recuerde el tratado anterior po­drá adivinar ya en lo esencial el contenido, condensado en esas doce palabras, de lo que ahora vamos a exponer. Sacar al alma humana de todos sus quicios, sumergirla en terro­res, escalofríos, ardores y éxtasis, de modo que se desligue, como fulminantemente, de toda la pequeñez y mezquindad propias del desplacer, del letargo, del fastidio: ¿cuáles son los caminos que conducen a esa meta? ¿Y cuáles son los más se­guros?... En el fondo todos los grandes afectos, la cólera, el temor, la voluptuosidad, la venganza, la esperanza, el triun­fo, la desesperación, la crueldad, son capaces de ello, presu­poniendo que exploten de repente; y en realidad el sacerdo­te ascético ha tomado a su servicio, sin reparo alguno, a toda la jauría de perros salvajes que existen en el hombre, y unas veces deja libre a uno y otras a otro, siempre con la misma finalidad de despabilar al hombre de la lenta triste­za, de hacer huir, al menos temporalmente, su sordo dolor, su vacilante miseria, y eso lo hace siempre también bajo una interpretación y una «justificación» religiosa. Todo de­senfreno sentimental de ese tipo se cobra su precio, como es obvio ––pone más enfermo al enfermo––: y por esto esa espe­cie de remedios del dolor es, juzgada con medida moderna, una especie «culpable». Sin embargo, tanto más tenemos que insistir, pues así lo exige la equidad, en que se la utilizó con buena conciencia, en que el sacerdote ascético la prescri­bió creyendo profundísimamente en la utilidad, más aún, en el carácter indispensable de la misma, –– y, con bastante frecuencia, casi derrumbándose él mismo ante los ayes de dolor que él producía; digamos asimismo que las vehemen­tes revanchas fisiológicas de tales excesos, e incluso acaso las perturbaciones espirituales, no contradicen propiamen­te en el fondo al sentido global de esa especie de medicación: pues, como antes mostramos, ésta no tendía a curar enfer­medades, sino a combatir el desplacer de la depresión, a ali­viarlo, a adormecerlo. Semejante meta se alcanzaba tam­bién así. El principal ardid que el sacerdote ascético se per­mitía para hacer resonar en el alma humana toda suerte de música arrebatadora y extática consistía ––lo sabe todo el mundo–– en aprovecharse del sentimiento de culpa. La pro­cedencia del mismo la ha señalado brevemente el tratado anterior ––como un fragmento de psicología animal, como nada más que eso: en él el sentimiento de culpa se nos pre­sentó, por así decirlo, en estado bruto. Sólo en manos del sa­cerdote, ese auténtico artista en sentimientos de culpa, lle­gó a cobrar forma ––¡oh, qué forma! El «pecado» ––pues así habla la reinterpretación sacerdotal de la «mala conciencia» animal (de la crueldad vuelta hacia atrás)–– ha sido hasta ahora el acontecimiento más grande en la historia del alma enferma: en el pecado tenemos la estratagema más peligro­sa y más nefasta de la interpretación religiosa. El hombre, sufriendo de sí mismo de algún modo, en todo caso de un modo fisiológico, aproximadamente como un animal que está encerrado en una jaula, sin saber con claridad por qu_ y para qué, anhelante de encontrar razones ––pues las razo­nes alivian––, y anhelante también de encontrar remedios y narcóticos, termina por pedir consejo a alguien que conoce incluso lo oculto, y he aquí que recibe una indicación, reci­be de su mago, del sacerdote ascético, la primera indicación acerca de la «causa» de su sufrimiento: debe buscarla den­tro de sí, en una culpa, en una parte del pasado, debe enten­der su propio sufrimiento como un estado de pena... El des­venturado ha escuchado, ha comprendido: ahora le ocurre como a la gallina en torno a la cual se ha trazado una raya: no vuelve a salir de ese círculo de rayas: el enfermo se ha convertido en «el pecador...» Y ahora no nos libramos del aspecto de ese nuevo enfermo, «el pecador», durante algu­nos milenios ––¿nos libraremos alguna vez?––, mírese a don­de se mire, en todas partes aparece la mirada hipnótica del pecador, que se mueve siempre en una sola dirección (en di­rección a la «culpa», considerada como causalidad única del sufrimiento); en todas partes, la mala conciencia, esa bestia horrible (grewliche thierj, para decirlo con palabras de Lutero; en todas partes, el pasado rumiado de nuevo, la acción tergiversada, los «malos ojos» para cualquier obrar; en todas partes, el querer––malentender el sufrimiento, con­vertido en contenido de la vida, el reinterpretar el sufri­miento como sentimientos de culpa, de temor, de castigo; en todas partes, las disciplinas, el cilicio, el cuerpo dejado mo­rir de hambre, la contrición; en todas partes el pecador que se impone a sí mismo el suplicio de la rueda, la rueda cruel de una conciencia inquieta, enfermizamente libidinosa; en todas partes, el tormento mudo, el temor extremo, la agonía del corazón martirizado, los espasmos de una felicidad des­conocida, el grito que pide «redención». De hecho, con este sistema de procedimientos se consiguió superar de raíz la vieja depresión, la vieja pesadez y la vieja fatiga; de nuevo la vida volvió a ser muy interesante: despierta, eternamente despierta, insomne, ardiente, carbonizada, extenuada, y, sin embargo, no cansada ––así es como se conducía el hom­bre, «el pecador», iniciado en esos misterios. Ese viejo y gran mago en la lucha contra el desplacer, el sacerdote ascé­tico ––evidentemente había triunfado, su reino había llegado: la gente no se quejaba ya contra el dolor, sino que lo anhela­ba. «¡Más dolor! ¡Más dolor!», así gritó durante siglos el an­helo de sus discípulos e iniciados. Todo desenfreno del senti­miento que causase daño, todo lo que quebrantaba, trastor­naba, aplastaba, extasiaba, embelesaba, el misterio de las cámaras de tortura, la capacidad inventiva del mismo infier­no ––todo eso se hallaba ahora descubierto, adivinado, apro­vechado, todo estaba al servicio de hechicero, todo sirvió en lo sucesivo a la victoria de su ideal, del ideal ascético... «Mi reino no es de este mundo»110 ––seguía diciendo ahora igual que antes: ¿tenía realmente derecho a seguir hablando así?... Goethe afirmó que únicamente existen treinta y seis situacio­nes trágicas111: esto permite adivinar, aunque no supiéramos ninguna otra cosa, que Goethe no fue un sacerdote ascético. Éste –– conoce un número mayor... girlsbarcelona.com Mi concepto del genio. Los grandes hombres, como las grandes épocas, son explosivos donde está acumu­lado un poder tremendo; su propósito es siempre, en el orden histórico y el fisiológico, que durante largo tiempo se haya concentrado, acumulado, ahorrado y preservado con miras a ellos; que durante largo tiem­po no haya ocurrido ninguna explosión. Cuando la tensión en la masa se ha hecho excesiva, basta el estímulo más casual para producir el “genio”, la “mag­na realización”, el gran destino. ¡Qué importa enton­ces el ambiente, la época, el “espíritu de la época”, la “opinión pública”! Veamos el caso de Napoleón. La Francia de la Revolución, y sobre todo la de antes de la Revolución, hubiera producido el tipo opuesto al de Napoleón; y lo produjo, en efecto. Y porque Napoleón fue diferente, heredero de una civilización más fuerte, más larga, más antigua que aquella que se venía abajo en Francia, llegó a ser amo, fue única­mente el amo. Los grandes hombres son necesarios, la época en que se presentan es accidental; el que casi siempre lleguen a dominarla depende sólo de que sean más fuertes, más antiguos; de que durante más tiempo se hayan concentrado y acumulado con algún propósito. Entre un genio y su época existe una rela­ción como entre lo fuerte y lo débil, también como entre lo viejo y lo joven; la época siempre es relativamente mucho más joven, floja, falta de madurez, falta de seguridad, infantil. Que prevalezca ahora en Francia una noción muy diferente sobre este asunto (también en Alemania, pero no importa); que allí la teoría del milieu, una verdadera teoría de neuróticos, haya llegado a ser sacrosanta y casi científica, acep­tada hasta por los fisiólogos, “huele mal” e invita pensamientos melancólicos. Tampoco en Inglaterra se piensa sobre el particular; pero nadie se aflija. Al in­glés le están abiertos tan sólo dos caminos: enten­dérselas con el genio y “gran hombre”, ya sea demo­cráticamente, al modo de Buckle, o religiosamente, al modo de Carlyle. Putas Madrid La relación existente entre el ciclo del capital considerado como parte de la circulación general y en cuanto constituye un eslabón de un ciclo independiente se revela asimismo si nos fijamos en la circulación de D' = D + d. D, como capital en dinero, continúa el ciclo del capital. d, como gasto de rentas (d–m) entra en la circulación general, pero se sale del ciclo del capital. Sólo se incorpora a éste la parte que funciona como capital adicional en dinero. En m–d–m, el dinero funciona solamente como moneda; la finalidad de esta circulación es el consumo individual del capitalista. Y es característico del cretinismo de la economía vulgar el que considere esta circulación, que no entra en el ciclo del capital –la circulación de la parte del producto del valor consumida como renta–, como el ciclo característico del capital. Escorts independientes valencia He aquí un principio reducido a una fórmula. Todo naturalismo en la moral, esto es, toda moral sana, se rige por un instinto vital; algún requisito de la vida es cumplido mediante un determinado canon de “de­bes” y “no debes”, removiéndose así algunos obs­táculos del camino de la vida. A la inversa, la moral antinatural, esto es, poco menos que toda moral en­señada, exaltada y predicada hasta ahora, se vuelve precisamente contra los instintos de la vida, implica un repudio, ya solapado o abierto e insolente, de estos instintos. Diciendo “Dios mira el corazón”, dice no a las apetencias más bajas y más elevadas de la vida y concibe a Dios como enemigo de la vida... El santo grato a Dios es el castrado ideal... Termina la vida donde empieza el “reino de Dios” ... Barcelona Escort Existe entre las fases M – D y D – M una diferencia que no guarda relación alguna con la diversidad de forma entre la mercancía y el dinero, sino que responde al carácter capitalista de la producción. De por si, tanto M – D como D – M son simples trasposiciones de un valor dado de una forma a otra. Sin embargo, M' – D' representa, al mismo tiempo, la realización de la plusvalía contenida en D'. No ocurre así en D – M. Por eso la venta es más importante que la compra. D – M es, en condiciones normales, un acto necesario para la valorización del valor expresado en D, pero no es nunca realización de plusvalía. Encauza su producción, pero no contribuye a ella. Saunas Gerona En tercer lugar, el hecho de que el periodo de producción se prolongue más que el período de trabajo no altera en lo más mínimo las circunstancias aquí examinadas. Es cierto que esto hará que se prolonguen los períodos de rotación en su conjunto, pero no por ello será necesario movilizar un capital adicional para el proceso de trabajo. La única finalidad del capital adicional es la de llenar las lagunas abiertas en el proceso de trabajo por el tiempo de circulación; tiende, pues, simplemente, a poner a la producción a salvo de las perturbaciones que el tiempo de circulación crea; las que surgen de las propias condiciones de la producción han de colmarse mediante otros recursos, que no vamos a examinar aquí. Pero hay industrias en que sólo se trabaja de vez en cuando, por encargo, y en las que, por tanto, pueden sobrevenir interrupciones entre los distintos períodos de trabajo. En estas industrias, desaparece en la proporción correspondiente la necesidad de un capital adicional. También en la mayoría de los casos de trabajo por temporadas existe, por las condiciones mismas del trabajo, un cierto límite en cuanto al tiempo del reflujo de capital. El mismo trabajo no puede repetirse al año siguiente con el mismo capital, si entre tanto el período de circulación de este capital no ha transcurrido. Puede también ocurrir, por el contrarío, que el período de circulación sea más corto que el intervalo entre un periodo de producción y el siguiente. En este caso, el capital queda inactivo, a menos que durante este intervalo de tiempo se emplee en otros fines. modelos de compañía barcelona En el segundo, con arreglo a la diversa duración del período de rotación y la diversa proporción en que se combinan sus partes integrantes –período de trabajo y período de circulación–, la parte integrante del valor–capital desembolsado que tiene que invertirse y renovarse constantemente en forma de dinero varía en proporción al capital productivo que pone en movimiento; es decir, en proporción a la escala continua de producción. Pero, cualquiera que esta proporción sea, la parte del valor–capital en acción que puede funcionar constantemente como capital productivo se halla en todo caso limitada por la parte del valor–capital desembolsado que tiene necesariamente que existir de continuo junto al capital productivo, en forma de dinero. Al decir esto, nos referimos solamente a la rotación normal; es decir, a un promedio abstracto. Y prescindimos también, aquí, del capital–dinero adicional utilizado para contrarrestar las interrupciones de la circulación. prostituta Madrid El liberum arbitrium indiferentiœ es inaceptable como nota diferencial de los movimientos brotados de la voluntad, pues es una afirmación de la posibilidad de efectos sin causa. beso negro Después de 1870, sobrevino una nueva pausa, debida principalmente a enfermedades. Como de costumbre, Marx ocupó este tiempo en estudios: agronomía, el régimen rural norteamericano y principalmente ruso, el mercado de dinero y el sistema bancario, y por último las ciencias naturales, la geología y la fisiología, y sobre todo ciertos trabajos matemáticos emprendidos por cuenta propia, forman el contenido de los numerosos cuadernos de extractos de esta época. A comienzos de 1877, Marx sintióse ya lo suficientemente repuesto para acometer de nuevo su trabajo más importante. Algunas referencias y notas de los cuatro manuscritos ya mencionados como base para una refundición del libro II, cuyo comienzo se contiene en el manuscrito V (56 páginas en folio), datan de fines de marzo de 1877. Este manuscrito contiene los primeros cuatro capítulos y aparece todavía poco desarrollado; algunos puntos esenciales se tratan en notas al pie del texto; la materia está reunida más bien que ordenada, pero es la última exposición completa de esta parte, la más importante de la sección primera. Un primer intento de sacar de aquí una redacción apta para ser entregada a la imprenta lo tenemos en el manuscrito VI (posterior a octubre de 1877 y anterior a julio del 78); solamente 17 páginas en cuarto, que abarcan la mayor parte del primer capítulo, y un segundo ensayo –el último– en el manuscrito VII, "2 de julio de l878", 7 páginas en folio solamente. barcelona masajista

Para gustos, colores.

Como tal fondo de reserva, difiere del fondo de medios de compra y de pago a que nos referimos en el ciclo de P... P. Estos son una parte del capital–dinero operante (por tanto, modalidades de una parte del valor del capital operante en general), cuya parte sólo entra en funciones en distintos plazos, unos detrás de otros. En la continuidad del proceso de producción, se va formando constantemente un capital de reserva en dinero, para hacer frente a pagos contraídos hoy, por ejemplo, que sólo habrán de hacerse efectivos pasado cierto tiempo y como resultado de la venta de grandes masas de mercancías, para volver a comprar otras con posterioridad; en estos intervalos, existe, por tanto, constantemente, una parte del capital circulante en forma de dinero. En cambio, el fondo de reserva no es parte integrante del capital operante, capital–dinero, sino parte del capital que se halla en una fase preliminar de su acumulación, de la plusvalía que no se ha convertido aún en capital activo. Por lo demás, fácilmente se comprende que el capitalista, cuando se ve apurado, no se para a investigar, ni mucho menos, por las funciones específicas del dinero que tiene en la mano, sino que echa mano de aquello de que dispone, para mantener en marcha el proceso cíclico de su capital. Así, en nuestro ejemplo, D = 422 libras esterlinas, D' = 500 libras esterlinas. La existencia de una parte del capital de 422 libras esterlinas como fondo de medios de pago y de compra, como remanente en dinero, responde al cálculo de que, si las circunstancias permanecen invariables, este remanente entrará íntegramente en el ciclo y, además, bastará para atender a las necesidades de éste. Pero el fondo de reserva es una parte de las 78 libras esterlinas de plusvalía; este fondo sólo puede entrar en el proceso cíclico del capital de 422 libras esterlinas de valor siempre y cuando que este ciclo se efectúe bajo circunstancias que no permanezcan idénticas, pues es una parte del fondo de acumulación y figura aquí sin que la escala de la reproducción se amplíe. BCN Delicias Aquí se ve ahora lo que quieren significar las expresiones em­pleadas más arriba: yield a revenue, mahe a profit, etc., a saber: que ambas partes del capital contribuyen a crear el producto. erosbcn.com “La masa de la riqueza realmente acumulada, considerada en cuanto a su volumen,... es, pues, absolutamente insignificante sí se la compara con las fuerzas productivas de la sociedad a la que pertenece, cualquiera que sea su grado de civilización, o aunque sólo se la compare con el consumo real de esta misma sociedad durante unos pocos años; tan insignificante, que la atención fundamental de los legisladores y de los economistas hubo de dirigirse a las fuerzas productivas y a su futuro libre desarrollo, y no, como hasta entonces, a la mera riqueza acumulada que salta a la vista. La inmensa mayoría de la que se llama riqueza acumulada es puramente nominal y no se halla formada por objetos materiales, barcos, casas, géneros de algodón, mejoras en la tierra, etc., sino por simples títulos jurídicos, por el derecho a participar en las fuerzas productivas anuales futuras de la sociedad, títulos creados y perpetuados por expedientes o instituciones de un estado de inseguridad... El empleo de tales artículos (acumulaciones de objetos materiales o de riquezas real) como simple medio de que sus poseedores se valen para apropiarse la riqueza que crearán las fuerzas productivas futuras de la sociedad, se lo han ido sustrayendo gradualmente las leyes naturales de la distribución sin la acción de la violencia; apoyado por el trabajo cooperativo (co-operative labour), se les sustraería en unos cuantos años" (William Thompson, Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, Londres, 1850, p. 453. La primera edición de esta obra vio la luz en 1824). compañia intima en barcelona Y con el mismo fenómeno volvemos a encontrarnos, aunque en escala más reducida, durante la espantosa crisis algodonera de 1861 a 1865.21 Escortservice Barcelona Pues bien, al exponer lo que él llama mi verdadero método de una manera tan acertada, y tan benévolamente además en lo que se refiere a mi modo personal de aplicarlo, ¿qué hace el autor sino describir el método dialéctico? scort en madrid Mi método dialéctico no sólo es fundamentalmente distinto del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, la antítesis de él. Para Hegel, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real, y esto la simple forma externa en que toma cuerpo. Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y tras­puesto a la cabeza del hombre. acompañantes madrid Las categorías económicas que hemos estudiado dejan también su huella histórica. En la existencia del producto como mercancía van implícitas condiciones históricas determinadas. Para convertirse en mercancía, es necesario que el producto no se cree como medio directo de subsistencia para el propio productor. Sí hubiéramos se­guido investigando hasta averiguar bajo qué condiciones los pro­ductos todos o la mayoría de ellos revisten la forma de mercancía, habríamos descubierto que esto sólo acontece a base de un régimen de producción específico y concreto, el régimen de producción capi­talista. Pero esta investigación no tenía nada que ver con el análisis de la mercancía. En efecto, puede haber producción y circulación de mercancías aunque la inmensa mayoría de los artículos producidos se destinen a cubrir las propias necesidades de sus productores, sin convertirse por tanto en mercancías, es decir, aunque el proceso social de la producción no esté presidido todavía en todas sus partes por el valor de cambio. La transformación del producto en mercancía lleva consigo una división del trabajo dentro de la sociedad tan desarrollada, que en ella se consuma el divorcio entre el valor de uso y el valor de cambio, que en la fase del trueque directo no hace más que iniciarse. Pero esta fase de progreso se presenta ya en las más diversas formaciones económicas sociales de que nos habla la historia.

La ley de la producción capitalista sobre la que descansa esa pretendida "ley natural de la población" se reduce sencillamente a esto: la relación entre el capital, la acumulación y la cuota de salarios no es más que la relación entre el trabajo no retribuido, convertido en capital, y el trabajo remanente indispensable para los manejos del capital adicional. No es, por tanto, ni mucho menos, la relación entre dos magnitudes independientes la una de la otra: de una parte, la magnitud del capital y de otra la cifra de la población obrera; es más bien, en última instancia, pura y simplemente, la relación entre el trabajo no retribuido y el trabajo pagado de la misma población obrera. Si la masa del trabajo no retribuido, suministrado por la clase obrera y acumulado por la clase capitalista, crece tan de prisa que sólo puede convertirse en capital mediante una remuneración extraordinaria del trabajo pagado, los salarios suben y, siempre y cuando que los demás factores no varíen, el trabajo no retribuido disminuye en la misma proporción. Pero, tan pronto como este descenso llega al punto en que la oferta del trabajo excedente de que el capital se nutre queda por debajo del nivel normal, se produce la reacción: se capitaliza una parte menor de la renta, la acumulación se amortigua y el movimiento de alza de los salarios retrocede. Como vemos, el alza del precio del trabajo se mueve siempre dentro de límites que no sólo dejan intangibles las bases del sistema capitalista, sino que además garantizan su reproducción en una escala cada vez más alta. La ley de la acumulación capitalista, que se pretende mistificar convirtiéndola en una ley natural, no expresa, por tanto, más que una cosa: que su naturaleza excluye toda reducción del grado de explotación del trabajo o toda alza del precio de éste que pueda hacer peligrar seriamente la reproducción constante del régimen capitalista y la reproducción del capital sobre una escala cada vez más alta. Y forzosamente tiene que ser así, en un régimen de producción en que el obrero existe para las necesidades de explotación de los valores ya creados, en vez de existir la riqueza material para las necesidades del desarrollo del obrero. Así corno en las religiones vemos al hombre esclavizado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista le vemos esclavizado por los productos de su propio brazo.9 Madrid acompañantes 113 La concurrencia entre tejedores manuales y tejedores mecánicos se prolongó en Inglaterra hasta la promulgación de la ley de beneficencia de 1833 gracias a los socorros parroquiales, que ayudaban un poco a los jornales, cuando ya éstos habían descendido por debajo del mínimum de vida. "El venerable Mr. Turner era, en 1827. párroco de Wilmslow. en Cheshire. un distrito industrial. Las preguntas formuladas por el Comité de emigración y las respuestas de Mr. Turner revelan cómo se mantenía en pie la concurrencia entre el trabajo manual y la maquinaria. Pregunta: "El empleo del telar mecánico, ¿no ha desplazado al telar manual?" Respuesta: "Indudablemente; y aún lo habría desplazado más de lo que lo ha hecho, si no se hubiera puesto a los tejedores manuales en condiciones que les permite someterse a una reducción de salarios." Pregunta: "Los tejedores manuales, que se contentan con un salario insuficiente para vivir, ¿acuden al socorro parroquial para completar su sustento?" Respuesta: "Así es, y en realidad el duelo entre los tejedores manuales y los tejedores mecánicos se sostiene gracias a este socorro de caridad." He ahí, pues, las ventajas que el empleo de la maquinaria supone para los trabajadores: pauperismo humillante o emigración; de artesanos respetados y en cierto modo independientes, se ven convertidos en pobres mendigos, que comen el pan humillante de la caridad. ¡Y a esto llaman un mal propio de los tiempos!" (A prize Essay on the comparative merits of Competition and Co–operation, Londres, 1834, p. 29.) sofiabcn Esta acumulación de capital va acompañada, al mismo tiempo, por un movimiento de concentración y centralización de capitales. Aunque en Inglaterra (en Irlanda sí) no existía ninguna estadística agrícola oficial, ésta se formó voluntariamente en diez condados. Y dio por resultado el que desde 1851 a 1861 los arrendamientos inferiores a 10 acres se redujeran de 31,583 a 26,597, desapareciendo, por tanto, 5,016, para refundirse con otros mayores.33 De 1815 a 1825 no tributó por el impuesto de trasmisión hereditaria ningún patrimonio mobiliario superior a un millón de libras esterlinas; en cambio, de 1825 a 1855 tributaron ya 8, y de 1856 a junio de 1859, es decir, en 4 años y medio, 4.34 Pero, como mejor se observan los progresos de la centralización es repasando rápidamente los datos del impuesto sobre la renta en el epígrafe D (beneficios, con exclusión de colonos, etc.) durante los años 1864 y 1865. Conviene advertir previamente que las rentas percibidas por este concepto tributan, a partir de las 60 libras esterlinas, por Income tax. Estas utilidades tributables ascendieron, en 1864, incluyendo Inglaterra, Gales y Escocia, a 95.844,222 libras esterlinas; en 1865, la cifra fue ya de 105.435,579 libras.35 El total de personas sujetas a tributación fue, en 1864, de 308,416, con una población global de 23.891,009; en 1865, de 332,431, con un censo total de 24.127,003. Acerca de la distribución de estas utilidades durante los dos años informa la tabla siguiente: http://www.boxbcn.com El producto del trabajo es objeto de uso en todos los tipos de sociedad; sólo en una época históricamente dada de progreso, aquella que ve en el trabajo invertido para producir un objeto de uso una propiedad “materializada” de este objeto, o sea su valor, se convierte el producto del trabajo en mercancía. De aquí se desprende que la forma simple del valor de la mercancía es al propio tiempo la forma simple de mercancía del producto del trabajo; que, por tanto, el desarrollo de la forma de la mercancía coincide con el desarrollo de la forma del valor. imprenta barcelona El período siguiente, de 1820 a 1830, se caracteriza en Inglaterra por una gran efervescencia científica en el campo de la economía política. Es el período en que se vulgariza y difunde la teoría ricardiana y, al mismo tiempo, el período en que lucha con la vieja escuela. Se celebran brillantes torneos. Al continente europeo llega muy poco de todo esto, pues se trata de polémicas desperdigadas en gran parte en artículos de revista, folletos y publicaciones incidentales. Las condiciones de la época explican el carácter imparcial de estas polémicas, aunque la teoría ricardiana se esgrime ya, alguna que otra vez, como arma de ataque contra la economía burguesa. De una parte, la gran industria empezaba por aquel entonces a salir de su infancia, como lo demuestra, entre otras cosas, el hecho de que la crisis de 1825 inaugure el ciclo periódico de su vida moderna. De otra parte, la lucha de clases entre el capital y el trabajo aparecía relegada a segundo plano, desplazada políticamente por el duelo que se estaba librando entre los gobiernos agrupados en torno a la Santa Alianza (V), secundados por los poderes feudales, y la masa del pueblo acaudillada por la burguesía, y económicamente por el pleito que venía riñéndose entre el capital industrial y la propiedad señorial de la tierra, pleito que en Francia se escondía detrás del conflicto entre la propiedad parcelaria y los grandes terratenientes, y que en Inglaterra pusieron de manifiesto las leyes cerealistas (VI). La literatura de la economía política inglesa durante este período recuerda aquella época romántica de la economía francesa que sobreviene a la muerte del doctor Quesnay, pero sólo al modo como el veranillo de San Martín recuerda a la primavera. Con el año 1830, sobreviene la crisis decisiva. bares de copas en valencia Dada la proporción de valor transferido por la maquinaria al producto, la magnitud de esta parte depende de su propia magnitud de valor.26 Cuanto menos trabajo encierre, menos valor transferirá al producto. Y cuanto menos valor transfiera, más productiva será la máquina, y por tanto, más se acercará su rendimiento al de las fuerzas naturales. La producción de maquinaria mediante maquinaria reduce, en efecto, su valor, en proporción a su volumen y eficacia. www.nightspain.com Al crecer la masa de materias primas, artículos a medio fabricar, instrumentos de trabajo, etc., producidos con un número relativamente pequeño de obreros por la industria maquinizada, la fabricación de estas primeras materias y artículos a medio elaborar se desglosa en una serie innumerable de categorías y variantes, con lo que se desarrolla la variedad de las ramas sociales de producción. La maquinización impulsa la división social del trabajo mucho más que la manufactura, puesto que aumenta en una proporción mucho mayor la fuerza productiva de las industrias en que se implanta. pisobcn.com 37 Contrastando con el gran hecho de que la restricción del trabajo de la mujer y del niño en las fábricas inglesas hubo de serle arrancada al capital por los obreros varones adultos, nos encontramos en los informes más recientes de la Children's Employment Commission con rasgos verdaderamente indignantes y resueltamente esclavistas de padres de obreros, en lo que al tráfico de niños se refiere. Y el fariseo capitalista, como se infiere de los mismos “informes”, no tiene inconveniente en denunciar estas bestialidades, creadas, explotadas y eternizadas por él, y glorificadas además en otros casos con el nombre de “libertad de trabajo". "Se echó mano del trabajo infantil... llegándose incluso a poner a los niños a trabajar por su diario sustento. Sin fuerzas para soportar una fatiga tan desmedida y sin nadie que les adoctrínase acerca de cómo habían de seguir viviendo en lo futuro, veíanse empujados a un ambiente física y moralmente apestado. El historiador judío observa por boca de Tito, hablando de la destrucción de Jerusalén, que no era extraño que la ciudad se hubiese destruido con tanta violencia, cuando una madre inhumana sacrificaba a su propia criatura para acallar los espolazos de un hambre desaforada.” Public Economy Concentrated, Carlisle, 1833, p. 66.)